viernes, 27 de abril de 2012

Algún día toca cambiar...

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Sino sales, está bien quedarte en casa tirada en el sofá todo lo larga que eres y ver una película que quieras o ir a tu cuarto ver películas hasta que te aburras y ponerte a bailar o hacer el tonto por que tienes el día o hacer lo que quieras, como si corres en círculos todo el rato diciendo “soy especial” como diría Ralph Wiggun. En casa se puede ser de un modo que no serías en la calle, o puede que lo fueras pero no seria de la misma manera… Siempre hay un punto en el que dices “frena” y a partir de ahí frena, pero estando sola… te puedes poner frente a un espejo y hacer caras, reírte de ti misma de cómo eres.
Al final, sacas una cosa buena… Siempre conviene sacar una cosa buena de todo lo que haces, al cabo de este día te dices: “que bien sienta reírse de si misma” es una manera de que te de igual lo que digan los demás de ti, de tu físico de tu actitud y carácter, sabes como eres y si te ríes de tus fallos sabes lo bueno que tienes.
Como dice mi padre y no le falta razón: “Hay que aprender a reírse de ti mismo y no que lo hagan los demás a tu espalda”.

Cuando has reído bastante, estas harta de reírte por todo, y solo quieres llorar. Son maneras contradictorias de expresar sentimientos. Las lágrimas cuando es algo triste, las sonrisa cuando es algo bueno, y puede llegar a el punto en la que estés entre ambos y llores de la risa. Personalmente creo que llorar de la risa es estar en un punto intermedio del que no puedes moverte, es algo triste y alegre. Contradicción en estado puro.
Cuando aprendes a reírte de todo, dicen “¡que felicidad!” pero a veces antes de reírte tienes que haber llorado, de una manera u otra. Mediante risa o el llanto aprendes cosas nuevas, cosas que a lo largo de la vida te van a servir para pensar algo más de ya que la gente es más cruel que cualquier otra cosa, y no duda ni un segundo en hundirte hasta donde pueda y hasta donde les dejes que lo hagan.
Hay muchas cosas de que reírse y de que llorar, supongo que al final de todo habrás derramado suficientes lágrimas con las que llenar una pecera. Y al final de todo habrás reído tantas veces que se te quedarán las huellas en la cara y tantas veces que podrás haber llenado un libro de situaciones que produzcan risa.

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